El mito del 99%

¿Somos genéticamente iguales a los monos?



Recientemente, una super antropóloga con más de cuarenta premios internacionales a su espalda y con el título honorario de Mensajera de la Paz (otorgado por las Naciones Unidas) dijo: «Me fui de Inglaterra para estudiar los chimpancés, no cualquier animal sino el que más se parece a nosotros. El ADN de los humanos y chimpancés difieren sólo un 1%.» (1)


La mensajera antropóloga Jane Goodall, no parece estar muy enterada de los avances científicos sobre genética, y mucho menos sobre los estudios que han comparado el genoma humano con el de los simios. A pesar de que estos estudios están muy manipulados, los datos obtenidos han rebajado la cifra considerablemente: el 99% ha dejado de ser 99% desde hace varias décadas. Desgraciadamente, muchas personas, incluido antropólogos y paleontólogos, siguen creyendo y promocionando el mito del 99%.


En 1975, Allan Wilson y Mary-Claire King se convirtieron en los primeros científicos en «demostrar» que los humanos y chimpancés son 99% iguales. Existen, sin embargo, varios problemas con esta afirmación. En primer lugar, este estudio sólo analizó el ADN codificante; es decir, solo tuvo en cuenta las secuencias de ADN encargadas de formar las proteínas, las cuales conforman solo el 20% del genoma humano. A pesar de la poca rigurosidad de los datos, propagandistas de la evolución, como Richard Dawkins, no

tardarían en llevar al público la idea del 99%. (2)


Otro de los problemas con el estudio mencionado anteriormente es que la secuenciación completa del genoma humano no salió a la luz hasta el año 2003, casi treinta años después del supuesto hallazgo de Mary-Claire King. Dado que el código genético sigue siendo en gran parte un enigma, ¿no se apresuraron un poquito —quizá un poquito— en concluir que somos 99% iguales?


Por otro lado, existe mucha confusión en cuanto a la secuenciación del genoma humano. Alguna gente cree que el Proyecto Genoma Humano, el cual secuenció por primera vez todo el genoma humano y determinó todoslos pares de bases y genes que conforman el 92% de nuestro genoma, es en sí prueba de nuestra similitud. Sin embargo, los científicos entendían que para poder comprender el funcionamiento del ADN no era suficiente su

secuenciación: se necesitaba interpretar la información adquirida. En otras palabras, supongamos que un arqueólogo encuentra en mil pedazos un manuscrito muy antiguo, y que después de mucho esfuerzo consigue poner todas las piezas juntas; ¿de qué servirá todo ese trabajo si no hay alguien que interprete lo que dice? Por esta misma razón, en el año 2003, después de finalizar la secuenciación, empezó el proyecto ENCODE. Los científicos tenían ante sí, no sólo un manuscrito, sino un manual viviente de la más alta

tecnología que necesitaban interpretarse.





Curiosamente, uno de los mitos que el proyecto ENCODE acabó por desmantelar fue la hipótesis del Junk DNA o ADN basura. Desde hace años, muchos científicos evolucionistas han venido diciendo que por lo menos el 80% del genoma humano es inservible; en otras palabras, información genética que la evolución ha ido descartando a lo largo de millones de años. Cómo solo el 20% del ADN se encarga de codificar proteínas se creía que el

resto no tenía ninguna función y que, por tanto, eran vestigios dejados por la evolución. Pero el proyecto ENCODE ha revelado que el ADN basura no es tan basura como se creía. El ADN no codificante (cómo se le conoce hoy día) no crea proteínas, pero sí tiene funciones importantes para el control de los genes, afectando el momento y el lugar de la formación de las proteínas, así como su función. Cabe recalcar que muchos de los estudios comparativos, incluido el de Mary-Claire King, se han centrado en el ADN codificante y han descartado el mal llamado ADN basura.


El ensamblaje genético, el cual se utiliza para comparar el ADN del hombre y del mono, es un largo y minucioso trabajo que requiere paciencia, astucia y… sí mucha manipulación. La preselección, filtrado y selección de los genes que se lleva a cabo suele ser omitida en los artículos científicos. Además, algo que no se tiene en cuenta en los resultados finales es el índice de contaminación existente en el ensamblaje. En primer lugar, existe la posible

contaminación proveniente de la tos o del mismo contacto humano. En segundo lugar, ésta la contaminación causada por el mismo ADN humano. El proceso de ensamblaje no es un proceso tan puro y perfecto como algunos quieren hacernos creer, ya que para llevar a cabo la alineación entre los genes de los hombres y monos se utiliza la infraestructura del ADN humano. Además de añadir intrones y otros elementos, se introduce intencionalmente

secuencias enteras de ADN humano. Es más, el Consorcio de la Secuenciación y Análisis del Chimpancé, un proyecto destinado a secuenciar el genoma del chimpancé, utilizó inicialmente la infraestructura física del genoma humano. (3) En otras palabras, ¡el genoma del chimpancé se organizó según la infraestructura del genoma humano! No podría, ¿tal

«contaminación» alterar significativamente el resultado final de los experimentos? Cómo veremos más adelante, parece que sí.


Sin embargo, la manipulación y contaminación genética no es el único problema que encontramos. Cómo veremos a continuación, existen mucho datos qué no se consideran al hacer las comparativas genéticas. De hecho, varios estudios han demostrado que existen, como mínimo, doce diferencias importantes entre el ADN del mono y del hombre. A continuación veremos cuatro de estas diferencias.


  • Diferencia de masa. Si el ADN del hombre y del chimpancé es casi el mismo, deberíamos esperar que su masa total fuera prácticamente la misma. Sin embargo, éste no es el caso. Estudios recientes han corroborado que la masa total de ambos (medida en picogramos) difiere en uno 8%. Esto quiere decir que cualquier comparativa debe empezar con un 92% de similitud. En otras palabras, ¿cómo podemos ser 99% iguales a los monos cuando la masa en sí nos revela que existe una diferencia del 8%? (2)


  • No tenemos el mismo número de cromosomas. Quizá, uno de los problemas más grandes con el que se han topado los genetistas evolucionistas ha sido el del número de cromosomas. Los humanos tienen 23 pares de cromosomas, mientras que los chimpancés tienen 24. Según los evolucionistas, el cromosoma 2 en los humanos corresponde al cromosoma 2A y 2B en los chimpancés. Dicen, pues, que en algún lugar y en un tiempo muy remoto, y gracias a la querida fortuna, estos dos pequeños cromosomas se fusionaron para formar uno de más grande: nuestro querido cromosoma 2. (2)


  • Claras diferencias en los cromosomas. Los cromosomas 4, 9 y 12 muestran evidencia de ser «remodelados». En otras palabras, los genes y marcadores de estos cromosomas no están en el mismo orden en los humanos y chimpancés. Por otro lado, un estudio realizado en Japón por el laboratorio RIKEN ha demostrado que el 83% de las proteínas del cromosoma 22 de los chimpancés (el cromosoma 21 en los humanos) son diferentes a las nuestras. El cientifico Yoshiyuki Sakaki concluyo: «la diferencia es mucho más complicada de lo que imaginamos o especulamos al principio». El genetista recalcó que los resultados de este estudio han demostrado que el «83% de los genes entre los humanos y chimpancés han cambiado; solo el 17% es idéntico». (4)


  • Machos muy diferentes. Los cromosomas X e Y, que determinan el sexo de la persona o animal, demuestra ser muy diferentes. (2) En especial, el cromosoma Y (el del hombre) ha sido objeto de contienda. En primer lugar, los humanos tienen más del doble de genes en este cromosoma que los chimpancés. En segundo lugar, de las regiones que se pudieron estudiar, la mitad de las secuencias no tenían homólogo y no podían alinearse con las del mono. ¿Por qué esta vasta diferencia? Cómo hemos dicho anteriormente, (3) tanto en el estudio del genoma del chimpancé cómo en los estudios comparativos, se ha utilizado la infraestructura del ADN humano. Pero, a diferencia de otros estudios, éste sólo utilizó la infraestructura del Chimpancé. En resumidas cuentas, hubo menos contaminación genética humana. ¿Será solo una coincidencia? ¿Qué pasaría si se utilizara en otros estudios solo la infraestructura del Chimpancé? Quizá, pronto lo sabremos.


Conclusión


Viendo los datos anteriores, ¿podemos concluir que somos 99% iguales a los monos? ¿Somos, siquiera, 80% iguales? Es difícil llegar en estos momentos a una cifra exacta, pero una cosa está clara: hay grandes diferencias. Aún más, ¿podrá algún día el ADN explicar nuestra moralidad o nuestro sentido del juicio y la justicia? ¿Pueden las evidencias científicas explicarnos qué es alma o el espíritu? La Biblia nos dice qué fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza del animal. De hecho, la evidencia nos muestra que somos los únicos seres vivos morales y racionales. Somos los únicos que podemos amar o odiar, gozar o sentirnos amargados, envidiar o sentirnos satisfechos, mentir o decir la verdad; en definitiva, somos los únicos que podemos creer o no creer.


¿Qué crees tú?


Referencias.


  1. Dr. Jane Goodall Master Class [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=DKRer-vSi0Y&t=30s

  2. Bergman, J. and Tomkins, J., 2012. The chasm between the human and chimpanzee genomes: a review of the evolutionary literature. Pittsburgh, PA: Creation Science Fellowship. https://www.icr.org/i/pdf/technical/Chasm-Between-Human-Chimp-Genomes.pdf

  3. Tomkins, J. (2011). How Genomes are Sequenced and Why it Matters: Implications for Studies in Comparative Genomics of Humans and Chimpanzees. Answers Research Journal. https://answersingenesis.org/genetics/dna-similarities/how-genomes-are-sequenced-and-why-it-matters/